En lo más lejos, atrás, allá donde
ya no alcanzo a ver, quedaron
inmóviles los días crueles que
marchitaban esta vida.
A ellos los enterré en el desierto,
en el temple del día,
en la mezcla del sol y el polvo,
allí donde se deshidrata
todo.
En la misma fosa, abandoné
ese amor desesperado,
aquel que siempre
me agitaba, ese que vivía
murmurando en el corazón.
¡Ah! Esos besos que volaban
siempre frente a mis
pensamientos, allá quedaron
abandonados para siempre,
sin bandera ni patria.
Vida renovada, mejor
que si volviera
a nacer.
Herman Pilier Báez
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