lunes, 18 de noviembre de 2013

“CLAUDICACIONES”


Se que este es mi triunfo y que es breve, y resisto
¡Oh qué gloria saber que fue eterno este instante!

Ni arqueros ni caballos, ni siquiera enemigos.
Renegar del oficio. No leer uno solo
de estos versos que un día lejano ya escribí.
Olvidarlos adrede, darme buenas razones
para que nunca más confundan mi palabra.
Esa que nunca dije y que lo nombra todo
con su muda constancia, como le pasa al amor.

Ni arqueros ni caballos, ni siquiera enemigo.
Sin pretenderlo casi, asiste al poema
que has hecho a la ventura y en el que apenas si
pusiste la desgana, el cansancio, ya viejo,
de emborrachar la nada con los versos de siempre.
Y contra tu desidia de príncipe aburrido
otra vez el poema  –míralo aquí– se salva
sólo por el oficio y esa verdad impura
–oro del alma dicen– que arrastran las palabras.

El poema te crece ya viejo entre las manos
y te elige a ti mismo su lector y te dice
palabras que escribiste creyendo que eran tuyas
y que ahora se vuelven contra ti denunciando
tu oficio, esa ambición ya vieja de los hombres
por hacer suyo el fruto celeste del oráculo.

Hay poemas que nunca llegarán a pagarte
con la dicha fugaz del más noble entusiasmo.
Sin embargo, uno sigue escribiéndonos porque
se asemejan a ese viejo instinto que llaman
de la supervivencia y te dan ocasión
–lo mismo que esas tardes tediosas del invierno–
de rematar el día sin apenas palabras.

A veces, esas tardes tediosas del invierno,
castigan mi rutina con el pensamiento
de que la Muerte asedia mis días terrenales.
Ni arqueros ni caballeros han de valerte entonces.

Cuando ya no te queda otra complicidad
que el tiempo y la palabra, la mejor resistencia
es rendirse al oscuro procónsul del abismo
y leerle despacio –desesperantemente–
esa letra pequeña de las claudicaciones.
Hasta que ya la noche confunda sus banderas.

Claudicar no es lo propio de los bravos procónsules.
Pero si la vejez –hueste oscura y amarga–
te reclama otras guerras, claudicar en los campos
de Hispania puede ser una vieja estrategia
para que así la Muerte se busque otro enemigo.

Ni arqueros ni caballos, mi escritura tan sólo.
Yo soy éste que escribe aunque ya nada tenga
que decir y se empeña en seguir escribiendo
palabras más allá de sus propias palabras.
Como la araña, vivo suspendido del hilo
de mi escritura. Se que la Muerte me acecha
agazapada al fondo del abismo, a sabiendas
de que mientras escriba no podrá contra mí.
Se que es éste mi triunfo y que es breve, y resisto.
¡Oh qué gloria saber que fue eterno este instante!
¡Qué durar es lo mismo que escribir y que aún puedo
escribir sin decir nada a cambio! Tan solo
por tener a la Muerte sumisa, como un perro,
aguardando este punto final de mi suicidio.

1º Premio, XXIII Certamen de Poesía Searus, 2000

JOSÉ A. RAMÍREZ LOZANO -Badajoz-

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