Una vez, estando Carlomagno en su lecho con la consorte de turno, la oye decir entre sueños que en Bizancio hay un soberano más poderoso que él.
Como alma que lleva el diablo, el rey de los francos se viste, ciñe su espada y viaja a Constantinopla para conocerlo.
Pero la devoción firme y la conveniencia, no menor acicate, lo impulsan a pasar primero por Jerusalén.
Un ángel de túnica roja le sirve de guía al Santo Sepulcro. De la tumba abierta rescata una corona de espinas, un clavo y un cáliz que por milagro conserva gotas del vino de la célebre cena. El ángel le aconseja que las beba para enaltecerse. Es entonces que escucha simultáneos el llanto de María, una
maldición mora y un cantar de los cantares. Ebrio de santidad marcha a Bizancio, donde el emperador lo recibe con pompa y se prosterna ante él sumisamente. Anunciado el regreso, la reina y sus súbditos lo esperan en la explanada de palacio. Arriba Carlomagno, detiene su cabalgadura, extrae las reliquias de las alforjas y en medio de un silencio sobresaltado vierte la vaciedad del cáliz sobre el imperio entero.
Adam Gai (Israel)
Publicado en la revista digital Minatura 124
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