Apiádate del hombre
y su soledad de espejo,
de las noches de máscaras
y cronometradas estaciones.
Apiádate a cada hora
desayuno, almuerzo, comida,
el próximo día:
un círculo al andar de todos.
Apiádate de la espera
que detiene actos y compadece ensueños.
Apiádate luego, de mí,
pobre imitación de un especie heterogenia
que busca respuestas,
aún, cuando todos los suyos
apagan los ojos
y se vuelven de espaldas
a un Cristo que resucita.
BÁRBARA M. IGLESIAS PEÑATE -Cuba-
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