He tenido un compañero inseparable. En el vientre de mi madre me prestó una ayuda valiosa. Saltaba, reía, intentaba alegrar mis nueve meses de encierro. ¿Nombre? Naturalmente que lo tiene. Se llama… bueno… yo le doy varios aunque todos significan lo mismo: sombra, oscuridad, bruma, tiniebla… entre otros. ¿Lo conocías? Entonces mi labor será fácil. Sí, él es el protagonista… a mi lado claro.
Hablaba de los nueve meses que pasamos juntos en el seno de mamá. Fueron deliciosos, divertidísimos. Nadie molestaba nuestro juego. Gozábamos de plena libertad. Pero llegó el momento. Mamá empujó y salí a la luz. No quería dejar a mi amigo, así que le invité. Nacimos a la misma hora. Noté que estaba a mi lado. Sentí su respiración. Le oí decir. “¿Dónde está la luz?”. Tenía razón. Yo tampoco la veía. Tanto esperar para esto.
Un zarandeo y unos golpes saltaron mis lágrimas. ¿Qué hacían aquellos brutos? Acababa de nacer y me apaleaban tan pronto. ¿A dónde había ido a parar? Llamé a mi amigo pero el silencio no se rompió. ¿Dónde habría ido? Repetí la llamada. Nada. Otro golpe, más suave, desde luego, acalló mi voz. Un destello. Un color. La luz llegaba. La luz era una realidad, pero me sentía triste, muy triste. Me había quedado solo, horriblemente solo. Aquellas gentes que me miraban no entendían. No sabían por qué lloraba. Intentaban calmarme con ruidos. Ruidos y ruidos. Comenzaba a cansarme todo aquel tinglado. ¿Es esto la vida? Pues vaya cosa. Vivía mejor dentro del seno materno. Al menos no molestaban mi sueño. Sin embargo me irritaba mi soledad más que cualquier otra cosa. Recordaba a mi desaparecido amigo y deseaba ardientemente que volviera. Él sabía reír. Conocía muchos juegos. Juntos, el placer invadía mi ser.
Oía cosas tan extrañas. Y el objeto de tales monstruosidades era yo. Iba de aquí para allá en brazos de unos y otros. Bebía en una botella un líquido blanco llamado leche de agradable sabor. Cantaba una canción mi mamá y las sombras me tomaban en su regazo. Su arrullo sonaba quedo.
Ahora podía correr, saltar. Al doblar una esquina tropecé. ¿Quién obstruía el paso? Miré. Tendido en un montón de paja yacía un pequeño. Puse mi mano en su frente y la retiré raudo. Ardía. La fiebre devoraba al chaval. Descubrí su rostro. No, no entendía. Ni ojos, ni boca, nada. Tan solo una mancha roja. Una bola de fuego. Retrocedí asustado sin atreverme a darle la espalda. El brillo cegaba pero no podía apartar mis ojos. Atraía, tenía un mágico poder contra el cual no valía resistencia alguna. Su influjo me envolvía. La red había tensado sus hilos. El camino quedó cerrado. ¿Qué era aquello? Uno de los hilos se prendió y la red se convirtió en ceniza. Regresaba la luz.
¿Os parece extraña esta historia? ¿Es imposible que un recién nacido sueñe? Tenéis razón. Esta pesadilla no pertenece a mi niñez. ¿Fue posterior?... Los sueños no piden licencia. Entran y lo ocupan todo. Ayer, hoy, mañana… da lo mismo. Aprendí muchas cosas en unos años. Sostenerme sobre mis delgadas piernas y andar erguido. Repetir sus palabras como un loro. Reír al ver sus desfiguradas caras. Soporté sus dientes en mi carne. Sus besos en mis mejillas. Su olor. ¡Qué mal olían!
Las hojas del calendario se amontonaron en el suelo. Una, otra, otra… He olvidado cuantas. Recuerdos, muchos. Desengaños varios. Alegría, una: Hallé a mi perdido amigo. Sufrimientos, dolor… las ramas se quebraron. Cambió la historia. Se transfiguró la vida. Mi único refugio: la oscuridad.
Caminar resultaba difícil dentro y fuera. Había que andar con pies de plomo. Un tropiezo obstruía las puertas. No permitían el menor descuido. Recuerdo… no, no es importante. Mi rumbo osciló. No permanecía mucho tiempo en el mismo lugar. Ver nuevas ciudades me satisfacía. Trabaja un par de días. Ganaba unos cuartos y a otro sitio.
JOSÉ LUIS RUBIO
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