Apreciar la sonrisa destellante de una dama, es sentir la felicidad intensa del alma, es tocar la puerta del firmamento divino con esplendor mágico; esa sonrisa candorosa y tan afable que cautiva y que matiza al corazón ilusionado.
El caballeroso tiene el deber de que su dama en todo momento se sienta jubilosa y dinámica, que su sonrisa cada vez, sea más profunda, más intensa y más hermosa, estar acompañada de la amada, es hacerla sentir que la felicidad es lo más bello y lo más saludable.
No habrá nada más maravilloso que sentir la plena alegría de encanto más floral y la sonrisa como muestra de exteriorizar la latente tranquilidad, llena de luz intensa que necesita el alma.
La inspiración cotidiana de vates y trovadores es la poderosa dulzura de los labios, junto a la sonrisa provocante de atracción, que el corazón palpita majestuosamente irradiando plenitud y excelsitud.
Esa expresión angelical, que enciende el poder de la grandeza femenina y que Dios bendijo dándole el don de la belleza física y espiritual y sea punto sobresaliente y deslumbrante de la feminidad.
Julio César Portella Medina -Perú-
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