Un cielo denso y persistente llora
vaciando sus aljibes
sobre la cuna de la primavera,
que apenas se distingue.
Las breves orlas de las gotas pintan
un instante su urdimbre,
destejida después en cadencioso
crepitar de planicie.
El ventanal condensa tenue espuma
en sus ángulos vírgenes;
se detiene el aliento, taciturno
por no saberse libre.
Las flores bajan sus delgados cuellos
resignadas, serviles,
cuando dilata su rumor el patio
de ciego atabal triste.
Rememoran las altas arboledas
silbidos y decires
de pájaros fugados... En los pozos
flotan oscuros líquenes.
Como suspiro prolongado, el tiempo
parece que se olvide
de los daguerrotipos de la vida,
detenidos y grises.
La calle es un canal, donde navegan
góndolas invisibles.
Y las luces con guiños de la tarde
titilan en un índice.
Ya el monumento de cristal se agrieta.
Ya las nubes se ciñen.
Mientras, su blanco corazón deshacen
líquidos alhelíes...
RAFAEL SIMARRO SÁNCHEZ
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