La muerte de los Pizanos, Jorge Enrique y Alejandro,
más que un aciago accidente o un deplorable suicidio,
parece un acto prefijado por malvados conspirados,
que se encuentran enredados en la trama de Odebrecht,
-ese burdo negociado, que en una niebla se oculta-
donde no ha habido un fiscal ni un diligente juez,
que hayan podido imputar, aclarar y condenar,
personajes encumbrados que estuvieron vinculados.
Ya en nuestra amada Colombia, no les bastan los disparos
de una facción ilegal o una banda cruel y asesina,
ligadas por algún grupo, o por un partido de hegemónico ideal
que maneja la justicia, el gobierno y las industrias
como si fuera un negocio de mezquinos beneficios,
para expoliar el erario o los bienes del común,
con conciertos afinados con ese protervo fin.
Y no sé cómo llamarlos: ¿bandidos o verdaderos asaltantes?
O, tal vez, una propia mafia, que al igual que hacían los Borgías,
con sus pérfidas pasiones y sin escrúpulo alguno,
sin un asomo siquiera, de cristiana compasión,
por defender sus riquezas, no perder el poder
y gobernar un imperio de cimiento ensangrentado,
acudieron al veneno del cianuro y a la Atropa belladona,
esa planta tan mortal; y si con ello no basta,
la mandrágora culmina esa gesta tan macabra
que da muerte a los rivales, como moscas fumigadas.
En su insaciable avaricia y desvergüenzas por mil,
han mutado para mal, en envenenadores asesinos,
para quienes la vida ajena no tiene valor alguno;
que poco les cuesta cooptar a venales congresistas,
a los desvergonzados entes de vigilancia y control,
y a los jueces mercenarios que por la plata olvidan,
lo que vale la vida, la patria, el honor, pudor y amor.
Si alguien, por lo que sabe, les representa un peligro
para sus aviesos intereses y corrientes componendas,
pronto su muerte deciden, por violencia o envenenamiento mortal
como una forma sutil de quitárselos de encima,
cuando estiman necesario mandarlos al otro mundo.
Previamente les defraudan la confianza, la inocencia y el respeto
para parir la traición y el horrible asesinato,
como en el medioevo le hicieron al cardenal Minetto
el perverso Cesar Borgía y su corrupta Lucrecia.
Nada vale el probador de comidas a la usanza medieval,
que a tantos otros evitó, sufrir la muerte segura,
con un veneno ingerido con el mejor de los vinos,
o también, en una apetecible y exquisita comida.
Con traición y con engaños, por aferrarse al poder,
una sola poción basta de ese elixir infernal,
justo, cuando aquel confiado individuo
en sus manos se entregó, y en poco rato vivió:
cuerpo ardiente y corazón galopante,
vómitos y muchas nauseas, convulsiones imparables,
y finalmente, la quietud de la inesperada muerte.
ABEL RIVERA GARCÍA.
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