Nada sabíamos de esa extraña enfermedad, que fue entrando silenciosamente en nuestros cuerpos, sembrando en tierra virgen su semilla enajenada y virulenta.
El amor nos tomó de sorpresa. Nos tendió una trampa y sin saberlo caímos inevitablemente, caballo de Troya para nuestros corazones desarmados.
Una mirada furtiva, las palabras, en vilo, ahogadas en la garganta, el roce de unas manos, la piel estremecida, el silencio a punto de explotar contra los cristales de la indiferencia, mil suspiros y esa sensación de abandono, de pérdida, de derrota sin poder encontrar la respuesta, fueron los primeros síntomas.
En un mar revuelto de emociones, aprendimos a mantener el equilibrio entre las tempestades que amenazaban con hundir ese barco que sin rumbo navegaba. Nada nos unía pero era tan difícil escapar de esa atracción animal que nos desvelaba, que nos arrastraba hacia el abismo del placer sin límites.
Una mirada, un café compartido eran la mejor excusa para matarnos sin compasión en cualquier cama de hotel. El grito de la piel, los gemidos del deseo, el aroma a carne saciada quedaron para siempre grabados en la retina de un tiempo que ya se fue.
Nada sabíamos de esa extraña enfermedad, silenciosa y mortal, que muchos llaman “Amor”.
CARLOS JULIO ALTAMIRANO
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