Ya no lloran los hombres
sobre las sepulturas
de los que mueren
inocentemente
hambrientos, de lo que caen
abatidos en las calles
de las ciudades de la guerra,
o terminan ahogados
en el fondo de los mares
de la vergüenza,
nadie se acuerda ya
de los miserables de la Tierra,
sin voz y sin voto, sin aire
y sin aliento.
Los hombres ríen ahora
en las barras de los bares,
en las mesas de las cafeterías,
en los salones de los restaurantes,
ríen a boca llena y escupiendo
bebidas y caprichosos
manjares.
Hay quienes revientan
por no dejar siquiera una migaja,
quienes destrozan o roban,
usurpan o aniquilan
para que siempre exista la miseria
para que nunca acabe su bonanza.
Y no quedan hombres ya
que por justicia
se estremezcan, arrecien contra el palo
de lo injusto, arremetan con su voz
y su grito,
levanten su aliento de esperanza primera.
Ya no quedan hombres, no,
que escuchen el silencio perdido de Dios
y busquen en su conciencia
la razón, la única razón de ser,
la verdadera razón de la existencia.
Isidoro Irroca
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