Amor mío, dulce ángel, que me regaló el cielo,
rosa azul que florece en mi corazón triste;
tenías tu ala rota y en mis brazos caíste
para adornar mi alma y obsequiarme el consuelo.
Tú tienes el poder de enderezar mis días,
embelesas mi cuerpo, me arrancas el pudor;
mueves mi corazón, lo llenas de fervor,
y borras de mi vida mis tinieblas sombrías.
Tus manos me acarician y sanan mis lesiones,
heridas que causaron otros cardos y abrojos;
llevas el misterioso universo en tus ojos,
ellos besan mi alma sin poner condiciones
y borras mis angustias con tus labiales rojos;
mutuamente, sin prisa, saciamos los antojos.
Patricio Gonzaga
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