domingo, 7 de enero de 2018

NO HUBO DELITO


Con la tristeza ingenua
de saberme en lo cierto.

Yo no te herí.

Nuestras almas lo saben.

Mi sed se volvía
cada vez más ávida
ante tu dualidad, tu duda,
tu batir de alas inquietas
que no sabían, no podían
discernir mis derroteros.

Yo te fui contemplando
desde la carne al alma
y me sentí culpable
de mi extraño delito;
no saber hacerte ver cuál era
mi delirio.

Te amé más de lo debido,
aunque no sé coger
otro camino.

Quería que en el sol de mi alma ,
te contemplaras tú mismo.

Fallé el intento,
y el riachuelo de agua
de tu boca,
lo hice desviarse por
mis agrestes riscos,

que hizo surcos en tu alma,
y no te sentiste más, mío.

Los saben nuestras almas,
que no te miento.

Puede que tú no me entendieras...

No hubo desprecio.

Hubo llanto de arroyos
y furia de estrellas que
me abrieron heridas.

Pero callé, y dejé que
la victoria se hiciera tuya.

Me hice un hilillo de agua
y te dejé que fueras
un mar triunfador .

Nuestras almas lo saben.
No hubo desprecio.

En los pechos del viento
van diciendo los lirios,
que si dos auroras
no se besan,
es porque una no quiso.

En un descuido de mi corazón,
en un descuido,
se quedó fuera,
le cerraste la puerta, y
no lo llevaste contigo.

Podría haberte rogado
pero él no quiso, porque,
Nuestras almas lo saben.

No hubo delito.

Como ávida gaviota
estaba presta a tenderme
al viento de la entrega.

Te escribí aquel poema
con temblor en mi pecho,

rogando;

que no fuesen ciertas
mis sospechas,

esperando;

que otra vez me ofrecieras
albas infinitas
con emociones de auroras
donde hacer juntos
el poema de la espera
a nuestra Cita.

Y tú... me cierras la puerta.

En la voz de mi pecho
no hay abandono,
ni lo había;
ni miedo, ni mentira
en mi sonrisa.

Mis crepúsculos sueñan
bañarse en tus luces;
que me rescates a la vida.

Pero, se va
una noche tras otra
y no llega esa aurora.

No hay ronda de lunas,
la noche permanece
muda y oscura.

Noche rasgada
y mi estrella se queda
mutilada.

Ya no correrá el camino
que a tí me llevaba.

Qué las manos del cielo
cierren mis párpados
para no ver otras horas
sino aquellas.

¡Qué las estrellas
enciendan mi frente! Y
que sean las mismas
que cuando las repetías
tú tenías en tus labios.
(ya, casi parece, que fuera antaño)

Perdona,
es que no tuve un adiós
en mis manos.

Sólo me quedó un dolor:

esperando...
esperando...
esperando...

Carmen Linares

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