La chica que le gustaba
tenía los labios de fresa
y el rubor floreaba sus mejillas,
las cejas eran obras de arte
y la boca el volcán de los deseos.
Cuando caminaba
o apacible, derramaba
su excelsa estructura ósea
entre los brazos de un sofá,
el amante escondido,
pensaba en caramelos
y en aprender a respirar
al son que le dictara
la muchacha en flor
más bella que se pudiera imaginar.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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