Si hay algún ser sobre la tierra que parezca reflejo del verdadero amor, son esos árboles centenarios, de hoja perenne, que conserva un esplendor de túnicas, impasibles a soles y ventiscas, consecuencia de un ejercicio incansable de savias en el robusto corazón de la madera.
Imparable a la rueda de los días, el suceder de estiércoles y pétalos, un manotazo gris sobre las sienes; la Muerte a veces asomada por las erosionadas tapias de la estirpe; la Vida renovada por el primer llanto, por la primera sonrisa de un niño nacido al arrullo de los hijos…
Perenne, imparable dinámica de las auroras, cotidiana sorpresa de los gozos, mientras desde el alto mirador de la Vida contemplamos el paso de nuestro propio florecer repartiéndose por el mundo.
De pronto, cualquier día, estrenamos un paisaje cogidos de la mano, llegamos a cualquier rincón de bellezas, comprobamos que somos descubridores del mundo a partir de nuestros alientos enlazados, comprobamos nuestra capacidad para poder seguir jugando a la comba con los rayos de cualquier luna; también que nos envuelve un nublo de lástima al sentirnos circundados por la presencia de los desamaros, pero seguimos descubriendo la razón poderosa de vivir cada instante, de sentir que cada día es el primer día en la derrota de las rutinas.
El amor como un río que a veces puede arrastrar el cadáver de un pájaro, las agonías de una flor, pero que en sus aguas renovadas e incansables lleva el teorema inacabado de logros y proyectos del entusiasmo, en la seguridad de lo que pasa y queda, del devenir gozoso, de una segura promoción de espejos en entrañas invulnerables a la sequía.
Así es el amor…, siempre vencedor de ocasos, en la definitiva prueba de los ocasos”.
(Fragmento en prosa del libro “La Rambla” de
JULIO ALFREDO EGEA RECHE -Almería-
Publicado en Luz Cultural
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