sábado, 7 de enero de 2017

PÁGINAS EN BLANCO


Entré en casa como de costumbre. La jornada se presentó dura. MeNlevanté pronto, como era habitual y después realicé instintivamente los actos de cada día: ducharme, calentarme un café para tomarlo de pie –siempre salgo escopetada de casa–, no sin antes pasear unos minutos a mis mascotas.
Habían ocurrido muchas cosas últimamente: desagradables y agradables –imagino que para intentar equilibrar la balanza–. De camino al trabajo, estaba pensando en las tareas pendientes que tenía por la tarde e intentaba hacer un ejercicio de memoria, dado que ésta parecía tener grietas y eso, por
momentos, me llegaba a asustar.
El día había transcurrido con normalidad, pero no exento de agobios. De ir de un lado para otro, con el tiempo justo, lo que no sé si a veces agradecemos, porque no nos da tiempo de pararnos a pensar en exceso. Pero por otro lado, la sensación de no llegar, de ir acelerada a todas horas, no me gustaba.
Cuando ya me recogí definitivamente eran las once de la noche. Me duché, me puse un pijama que años atrás me había regalado mi madre y me dispuse a cenar en la cocina. En aquella cocina donde precisamente a ella yo la había acompañado en los últimos meses y que siempre tenía su sitio a mi
diestra.
No sé por qué, pero en aquel momento mi mente hizo un flashback: me trasladé cuarenta años atrás en el tiempo. Me hallé con la imagen de mi madre en una cocina de las que llamaban económicas, su falda a cuadros, una camisa estampada de la época y a mi padre a mi izquierda, observándome cómo
hacía los deberes escolares.
Por primera vez en muchos años y a pesar de nuestra relación, sentí nostalgia. Recordé consejos y palabras dichas que por aquel entonces no entendía y, aunque no hubiera sido la imagen perfecta alrededor del calor del hogar, añoré aquellos instantes. Una lágrima resbaló por mi mejilla, lo que vino a demostrarme que algo se transforma en el ser humano a medida que vamos envejeciendo: vemos que los años pasan y es imposible ya un reencuentro, imposible recuperar lo perdido. Me pesaba la nostalgia de lo que hubo –por un lado– y de lo que añoré siempre –por otro–. Supongo que pesaba todo en definitiva: lo que pudo haber sido y no fue, lo que dijimos y dejamos de decir.
Lo que imaginamos que puede ser la vida –cuando eres demasiado joven– y lo que el destino nos depara, interviniendo nosotros o sin tomar parte en la partida de ajedrez que nos toca disputar. Y lo peor, es que nadie nos enseña a jugar: no sabemos cuándo debemos mover a la reina, al peón o al alfil.
Ahora, después de tantos años, sé que hay una fuerza superior a nosotros que nos hace ver momentos, instantes, páginas de ese libro –que es nuestra existencia– de colores muy distintos, con visiones diferentes y hasta contradictorias a veces. Que aunque el TÍTULO sea diferente, la TRAMA, elegida o no, y el DESARROLLO el que toca –cada cual sabe su historia– el FIN tiende a ser el mismo –si tienes algo de humanidad y no te has endurecido en exceso–: tratar de reconciliarnos con no sabes muy bien qué y quién o quiénes, porque deseas que el destino te trate bien y que cuando eches a volar
para siempre te hayas reconciliado con el mundo, sin dejar nada pendiente.
Pero aún así… la vida te demuestra que siempre habrá PÁGINAS EN BLANCO.

María José Mielgo Busturia -España-
Publicado en la revista Oriflama 29

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