domingo, 8 de enero de 2017
LOS DOCUMENTOS
Llamaron a la puerta. No esperaba a nadie aquella noche. Estaba muy cansado. Volvió a sonar el timbre. Con desgana me acerqué a la puerta y la abrí. Rubia, ojos azules, labios violetas y un cuerpo realmente impresionante. Me tendió la mano. Era una mano pequeña, de dedos finos, alargados, con unas uñas pintadas de rojo. Traía una carta para mí. Le pedí que entrara. Sus tacones resonaron en el mármol, seguros. La invité a sentarse. Aceptó.
Sacó del bolso una carta. Antes de dármela comprobó si era la mía. Una vez, segura, me la dio. Me comunicó que esperaba respuesta.
Abrí, muy despacio, el sobre. Saqué el doblado papel. Lo desdoblé lentamente. La letra me resultó conocida. Leí, sin prisa, para no perder ningún detalle. Me hablaba de unos documentos que yo guardaba. Necesitaba que se los enviase cuanto antes. Efectivamente tenía esos documentos pero no tenía intención de compartirlos. La chica esperaba. Era realmente hermosa. Estaría toda la noche mirándola. Sin embargo esperaba una respuesta. Le dije que tenía los documentos pero que no se los entregaría.
Tras escuchar esto se levantó. Me miró sin decir nada y se marchó.
Aunque la letra de la carta me resultaba conocida no sabía quién era su autora. Varios nombres vinieron a mi cabeza pero los descarté porque no conocían los documentos. Eso sí era zurda. Esto facilitaría el trabajo de descubrir al anónimo autor. ¿Cuántos zurdos conocía? Cogí lápiz y papel y anoté. Eran más de diez.
Leí de nuevo la lista. Eliminé cinco. Ya solo quedaban siete. Como creía que la letra era de mujer taché otros tres nombres. Ahora el listado se reducía a cuatro: Amparo, Beatriz, Margarita y Sandra.
¿Cuál de ellas sería la autora de la carta? En este momento no recordaba sus letras. Buscaría en mis archivos. Es posible que allí tuviera algún escrito de estas chicas. Pero no sería hoy. Dejaría la investigación para mañana.
El despertador me sacó de un profundo sueño. Me esperaba un día de intensa investigación. Pero antes un buen desayuno: zumo de naranja, tostadas con aceite y jamón.
Tras el desayuno busqué en mis archivos los cuatro expedientes. Al no recordar los apellidos la búsqueda sería larga. Tendría que mirarlos uno a uno. Además tampoco estaba seguro de que las cuatro estuviera allí. En la A había veinte expedientes. Entre ellos no había ninguna Amparo pero si una Margarita y una Beatriz. Pero no eran las que buscaba porque no eran zurdas. A media mañana estaba en la H sin resultado positivo.
Sonó el teléfono. Tras los seis toques saltó el contestador. Una voz distorsionada dejó un mensaje. Me pedía que enviase los documentos cuanto antes, a un apartado de correos. Luego detalló el número de cada expediente. No me sonaba. No sabía de qué trataban. Pero fuera lo que fuera no los mandaría a ningún sitio. Mis archivos eran míos, solo míos.
Escuché de nuevo el mensaje. Anoté el número de los expedientes. Los buscaría para saber que me pedía. Al mismo tiempo seguiría buscando a mis cuatro candidatas.
Ni en la I, ni en la J hallé nada. Dejé todo pendiente hasta después de comer. Con el estómago lleno trabajaba mejor. Hoy se me apetecía unos riñones al Jerez, unos filetes empanados de mero y de postre un bombón helado de chocolate blanco.
A las cuatro reinicié el trabajo y en la letra L encontré a Margarita pero su letra no era la de la carta. Solo quedaban tres. Ahora estaba seguro que todas eran del mismo curso. Esto facilitaría mi labor. A la puesta de sol solo me quedaban tres letras y unos diez expedientes. Las tres estaban en la Z. La remitente era…
Ahora que ya sabía quién era la misteriosa autora de la carta y la llamada. Solo me quedaba buscar los documentos solicitados para conocer que perseguía.
No tardé en hallar los expedientes. Todos trataban sobre trastornos de personalidad. Eran estudios experimentales que no habían sido contrastados. Simple teoría que requería aún de muchos años de estudio y de pruebas para considerarlos válidos.
El interés por estos estudios preliminares me desconcertaba. No eran aplicables a nadie que padeciera trastornos de personalidad. Sin embargo ella pensaba que si le servirían. Tal vez pensaba aplicárselo a alguien. Estos documentos nunca saldrían de mi casa. Antes los destruiría.
Sonó el teléfono. Esta vez lo cogí y dije: He destruido los documentos y sé quién eres.
JOSÉ LUIS RUBIO
No hay comentarios:
Publicar un comentario