sábado, 7 de enero de 2017
LA AVENTURA DE ESCRIBIR
Si escribiera como lo hago ahora mismo, esta tarde-noche de niebla, escribiría sobre ti; tal vez sobre nosotros. Escribiría sobre las estrellas que alguna vez nombramos y que, ausentes ahora, resplandecen todavía en lejanas latitudes.
Si escribiera una mañana de rosas y de risas, escribiría, sin duda alguna sobre niños. Porque solo ellos son capaces de adivinar, de formular preguntas que a los adultos pueden resultar irracionales, pero que son de una sabiduría antigua, tan antigua como la Tierra misma. ¡Ah, esa sabiduría inocente de las criaturas!… Solo a ellos se les hace evidente la sorpresa de lo inimaginable. Ojalá pudiera yo trazar su letra rudimentaria pero cuajada de dibujos con árboles, hadas y magos.
Porque, si por un momento yo escribiera como un niño, escribiría un corazón y su latido. Y una cometa. Y nubes. Ya se sabe que un crío suele hacer travesuras y, puestos a ser traviesos, escribiría lo que nadie querría que se supiera: "¿Sabes qué?: la tía Dorita le ha dicho a la abuela que mamá y tú…" De ser un niño, garabatearía mentirijillas en el cuaderno de calificaciones; que un tres grande con un palito puede arreglarse y convertirse en una B de Bien.
Si lo hiciera como lo haría mi oído, escribiría Música con mis propias manos.
Letras para la música y música para las letras. Pero mi entendimiento no sabe transcribir lo que dicta mi oído; solo sabe de un pentagrama y unas notas que mis torpes dedos borronean inútilmente. Solo puedo pergeñar do re mi, do re mi… Ya digo, como un niño.
Pero hace mucho que dejé de serlo, de modo que no me gustaría tener que escribir cosas de adultos como la guerra. Fratricida, ideológica. Aunque alguien tendrá que denunciarla por mí para que no se lleguen a olvidar su crueldad y sinrazón. Escribiría de palomas, sí, pero no de cazabombarderos. De barcos de vela, pero no de pobres pateras a la deriva atiborradas de añoranzas y sueños inalcanzables.
Si escribiera en un tórrido día de verano, escribiría olas y arena. Y fuentes, muchas fuentes. Escribiría gotas de agua que salpican sin arañar. Si por el contrario escribiera en invierno, lo haría sobre abrazos. De abrazos como bufandas. De besos que lleguen a fundir la escarcha del desconsuelo y la costumbre. De familia. De retornos. Y de juguetes; muchos juguetes de colores. Ni azules ni rosas, sino de todos los colores que tracen por igual el arco iris para transportarnos a tiempos de inventos, ilusiones y aventuras.
En lugar de hacerlo sobre perfumes -esos odiosos perfumes publicitados, objeto de deseo interesado- escribiría sobre naranjas y limones. O sobre el olor de una taza de café en buena compañía. Sobre el olor de la lluvia tardía que empapa la tierra hasta calarles las grietas a las piedras.
Si me atreviera a desafiar al folio en blanco -o la pantalla del ordenador llegado el caso- referiría la emocionada lectura de un poema. Anotaría palabras como paraguas para que hicieran de eficaz resguardo contra otras que tanto nos abruman a diario: codicia, corrupción, competitividad, desempleo, xenofobia, maltrato…Y elegiría, para la primera línea, hola en vez de adiós y bienvenido en lugar de permiso denegado. Luego aparecerían como por encanto Solidaridad en vez de Pensamiento Egoísta, Amistad en lugar de Apatía e Indiferencia. Aunque mucho me temo que queden en palabras de temporada. No obstante, mi ordenador o mi tableta -es lo que tiene la magia incomprensible de la informática- no dejan de alentarme: "Ánimo, que aún no está todo perdido…"
También dedicaría unas líneas a las personas que me precedieron. Porque, si ellas no hubieran existido, no podría trazar ni una sola letra. Escribiría, les inventaría, unas vidas distintas, nuevas, en otros mundos, quizás en las antípodas, y les cambiaría sus pesares y desconsuelos -seguro que sufrieron algunos, tal vez muchos- por vidas sospechosamente felices, sin prisas ni agobios, sin apuros ni dificultades. Las existencias que tal vez les hubiera gustado vivir. Puede que fuera esa la mejor manera de agradecerles la curiosidad de mis días felices, las horas ilusionantes del aprendizaje (puntos suspensivos, porque para qué abrumarlos con más complicaciones).
Y también -por qué no- sobre la Muerte, porque tan solo el que sepamos de su existencia nos hace ser más cautos, menos infames, quizás más desprendidos. Y
sobre su hermano el Tiempo que más tarde que pronto nos hace comprender la pequeñez de nuestras obsesiones por todas aquellas cosas que después resultan ridículas y anticuadas.
Y, desde luego que sí, escribiría sobre el Amor. El imperecedero. El que comienza. O el que termina por agotarse. Amores, al fin y al cabo, que en el mundo han sido. Sobre la entrega desinteresada que no pasa factura. Si me decidiera ahora mismo, empezaría a escribir, sin dudarlo, desde el corazón cálido y generoso de mi madre.
M.ª Fernanda Trujillo León (Tomares, Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 31
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