viernes, 6 de enero de 2017

EL ENVÍO


Abrí la puerta. No te había visto nunca. Sacaste un papel de la cartera de piel. Me lo entregaste. Era la notificación de la llegada de un envío. No sabía de qué se trataba. Leí la dirección de procedencia y tampoco me aclaró nada. En ese lugar no conocía a nadie. Dentro de veinte horas mis dudas se despejarían. Mientras tanto otras cosas ocuparían mi atención. Tenía que dar una charla en el Instituto sobre los poetas de la generación del 98. La había preparado meticulosamente y esperaba interesar a los alumnos. Para almorzar había quedado con mi amigo Aníbal en un restaurante de la playa. A media tarde me esperaban en el campo para realizar un injerto en los ciruelos. Querían conseguir una nueva variedad. Sin embargo un par de llamadas cancelando las citas me obligaron a cambiar los planes. Aníbal llamó para contarme que un asunto urgente le obligaba a no acudir al almuerzo. Si me venía bien, almorzaríamos el sábado. Acepté su propuesta. Todo quedaba aplazado hasta el sábado. Antes recogería el pedido. Del Instituto también llamaron para decirme que la charla la pasaban a la semana siguiente. Pasé la tarde en casa leyendo.
Amaneció un día lluvioso. El agua corría calle abajo. Los rayos iluminaban el cielo. El chubasquero ni el paraguas servirían con aquella tormenta. Salir a la calle era una temeridad. Esperaría a que escampara. Pero no escampó en toda la mañana. Hoy no recogería el envío. Un día más sin saber su contenido.
Sonó el teléfono. Descolgué. Una voz femenina, que no conocí, me preguntó si había recogido el envío. Ante mi negativa colgó. Me quedé unos minutos con el teléfono en la mano. Mi curiosidad, tras la llamada, aumentó.
No dormí en toda la noche. El sonido de la lluvia en las tejas tampoco ayudó mucho. La tormenta amainó cuando ya amanecía. En unas horas abriría la oficina postal y allí estaría yo para recoger el envío y enterarme de su contenido.
Me entregaron un sobre acolchado de tamaño A3. Rasgué el sobre. Dentro había dos sobres: uno rojo y otro azul. Ninguno llevaba remitente. ¿Primero el rojo? ¿Primero el azul? Dudaba. Al final me decidí por abrir el rojo. En el interior un trozo de papel verde con el dibujo de un elefante con una guitarra atada a uno de sus colmillos y debajo tres palabras: positivo, negativo, neutro.
No entendí nada. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Estaría la solución en el sobre azul? Seguramente. Así que tocaba ver que había en el sobre azul. Lo abrí y hallé un papel con una cifra: 31313. Todo se complicaba. Seguía sin entender nada, pero nada de nada.
¿Quién me aclararía todas mis dudas? Recordé la llamada telefónica de la noche pasada. ¿Me volverían a llamar?
Con los dos sobres en el bolsillo regresé a casa. Estaba nervioso. No conseguía concentrarme. Puse los dos mensajes en la mesa. No tenían ningún sentido: un elefante, una guitarra, unos números. No sabía cómo resolver el enigma porque no poseía las claves.
A las 5 de la tarde, hora del té, sonó el teléfono. Lo cogí al cuarto timbrazo. Una voz femenina respondió a mi saludo y me preguntó si había recogido el envío. Le contesté afirmativamente. Me preguntó si lo había abierto. Volví a afirmar. Preguntó si había entendido los mensajes. Respondí que no. Dijo que eran muy claros. Le contesté que para ella que los había escrito. Poco a poco me fue contando el significado de los símbolos. La verdad es que todo encajaba. ¿Pero por qué era yo el destinatario? No era seguidor, ni conocía tan siquiera a ese grupo musical y por supuesto su concierto no me interesaba lo más mínimo. Extrañada me preguntó mi nombre. Hubo un breve silencio. Al final no era yo la persona receptora. Había habido una confusión de acentuación.

JOSÉ LUIS RUBIO

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