Da tristeza que mi pueblo,
edénico paraje de mis abuelos;
ha dejado de ser el oasis
en medio de un simbólico desierto;
y
después de tanta vida,
de jolgorio
y
mucho rezo...
lentamente va muriendo;
por el vicio,
la rapiña
y
la falta de criterio;
negociando la existencia
por cemento
y
un tetero;
saturándose de polvo,
inundado por el cieno.
Antes el villorio avanzaba cojo,
ahora se halla sordo
y
ciego;
carcomido su cerebro por el hambre
y
por el miedo;
y
unos cuantos billeticos
del negocio cocalero.
¿Qué le espera a nuestra tierra?
¡Pues, morir del desespero!
En el cadalso de la vergüenza,
levantado sobre estiércol.
Gerardo Carrascal Santiago -Colombia-
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