miércoles, 26 de octubre de 2016
SUSTITUCIÓN
Tomó a su nieto en brazos y aspiró su maravilloso olor a vida recién iniciada. Se llenó los ojos con sus rasgos, memorizando al milímetro aquella diminuta y arrugada carita, sus labios fruncidos, sus ojos cerrados, sus diminutas orejas, aquellas finas hebras negras que formaban su cabello. El pequeño se agitó un poco, soñando, quizá, con el líquido paraíso del que acababa de surgir. Tocó su mano y el recién nacido la cerró en torno a sus dedos. Ella sabía que aquel gesto era puro instinto pero eso no hizo que su emoción (seguramente igual de instintiva) fuera menor. Era su nieto, sangre de su sangre, sus propios genes avanzando hacia el futuro.
Pasó mucho rato con el niño en brazos, disfrutando de su peso y su tacto, cantándole bajito, hablándole, meciéndole al ritmo de antiguas nanas, hasta que, con renuencia, volvió a dejar al niño en su nido, junto a su hija que dormía, agotada tras el parto. La arropó como cuando era una niña, le apartó el cabello que le caía sobre los ojos, intentando no despertarla. Prefería marcharse así, sin
escenas ni lágrimas, su hija era demasiado joven para saber que esto era lo mejor y haría un drama
innecesario.
Finalmente, besó a ambos, cogió su bolso y salió de la habitación. Fuera la esperaban unos amables enfermeros que la condujeron, con toda amabilidad, hacia las Salas de Tránsito, bonito eufemismo para el lugar en el que iban a morir aquellos cuyos hijos habían sido seleccionados para procrear, como la ley ordenaba: una vida por otra. Así se mantenía el equilibrio y se evitaba la superpoblación.
Con toda amabilidad los enfermeros la ayudaron a recostarse en una cómoda butaca, abrieron la ventana hacia el jardín como ella había solicitado, le entregaron unos auriculares para que escuchara su música favorita y, con igual amabilidad, inyectaron la muerte en sus venas.
Dolo Espinosa (España)
Publicado en la revista digital Minatura 151
No hay comentarios:
Publicar un comentario