Herido de inexistencia,
Dios
colgando
en el abismo
como
una orquídea de fuego.
La tarde calurosa
muriendo
en ecos
de música negra.
Los cuerpos desnudos y terribles
cayendo
entrelazados
en el túnel
de la ferocidad sin nombre.
Cámara lenta
que muestra
formas
danzantes
y furtivas.
Todo se desencadena
absurdamente
en la Gran Ciudad,
donde
vos y yo
permanecemos boca sobre boca,
perdidos
en
la sombra vertical
que nos oculta.
Sembradío de luces.
Vómito de estrellas.
Del libro “Los árboles del abismo” de
Carlos Cúccaro -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti
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