viernes, 5 de agosto de 2016
BALIZAS DE RESCATE
No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños.
Cicerón.
Quizá no fue una buena idea pero no teníamos alternativas para salir con vida de esta bola de cieno.
A nuestra llegada, una lasca mal afilada era lo mejor que aquellos miserables podían elaborar. De haber ido todo como estaba planeado, hubiéramos insertado algunos prótidos en las cadenas de ácidos
desoxirribonucleicos y hubiéramos esperado los resultados en los linajes de los sujetos escogidos. Pero la desestabilización del núcleo de nuestro laboratorio produjo una explosión que nos dejó tirados aquí, sin las herramientas necesarias para regresar. Si fue un sabotaje, aún no helogrado saberlo.
Nos desperdigamos para encontrar las materias primas con las que fabricar la tecnología necesaria paraemitir un mensaje de auxilio.
Subestimamos el entorno. La explosión, que hoy en día es conocida como la erupción del volcán del lago Toba, redujo el número de sujetos para experimentar, pero no los eliminó, como en principio
supusimos. Fuimos cazados por esos animales o por sus depredadores.
Fuimos asesinados por la caprichosa microbiología de este mundo. Tras milenios de infructuoso periplo, para sobrevivir nos camuflamos con nuestras cobayas, adoptamos su apariencia y empezamos a dejar pistas para quienes vinieran a buscarnos.
Los moái, Stonehenge, los menhires de Carnac, las pirámides, los zigurats, las líneas de Nazca… Y cientos de señales destinadas a llamar la atención de nuestros tardíos rescatadores.
Algunos de nosotros prefirieron ser tratados como dioses para asegurar la vida. Otros hemos permanecido en la sombra, travestidos de una humanidad que aborrecemos como ni siquiera podéis imaginar. Ahora que hemos sabido que nuestro rescate está cerca, nos aseguraremos de tomar
cumplida venganza por lo sufrido durante todo este tiempo.
Carlos Díez (España)
Publicado en la revista digital Minatura 149
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