jueves, 25 de febrero de 2016

LA VOZ EN LA COLINA


Habla
Ruth

Como una brecha mínima
parida por formas engendradas en las piedras a fuerza de panales o ternura;
su voz se expande, fresca, inalcanzable,
se sumerge en abismos penitentes,
cae a las breñas negras,
a la arcilla,
desde el cántaro vivo de la lluvia.
Su voz de soledades polvorientas,
su voz de olivo y miedos desnucados,
su voz de altos andamios transparentes construyendo parábolas desnudas.
Diciéndonos del Padre, que perdona,
de la vara que mide y la plegaria,
la puerta estrecha, la memoria justa,
del amor duplicando las mejillas
y pétalos de sal
y extraños frutos
y los lirios del campo que no tejen
y los vuelos silvestres que no ayunan.
Su voz hecha follaje de faroles
o milicias de luz
o antorcha herida.
Su voz, casi dolor, intacta y pura,
conjurando a las sombras espinosas,
cavando territorios desvelados,
quebrando matorrales de tinieblas con el musgo delgado de sus lunas.
Su voz de fuego oculto, de misterios,
su voz de bayas, hierbas y rocíos,
de esperanza apremiante, de obediencia, de desmadradas máscaras en fuga,
cicatriza las llagas,
rompe el odio,
extiende cada pétalo indulgente,
trepa por las escalas del silencio hacia rebeldes bóvedas oscuras.
Desdibujada en la piedad del día puedo observar la urdimbre de su túnica
y la mano morena y los cabellos y su dolor de clavos enmohecidos y la mirada cálida y profunda,
cargando con su muerte,
establecida en tiempos del castigo,
cuando el trueno decapitó el orgullo de los hombres expatriando promesas al naciente
y el ángel se detuvo en los portales
y comenzó la sed de su liturgia.

Del libro Crónica de las huellas de NORMA SEGADES
Publicado en Editorial Alebrijes

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