viernes, 26 de febrero de 2016

AZUL


Si tomo la palabra, no es para defenderme de los actos de los que se me acusa, ya que sólo la sociedad, que por su organización pone a los hombres en lucha continúa los unoscontra los otros, es la responsable.
François Claudius “Ravachol” Koënigstein.

El negro y largo cabello, alguna vez lacio y pulcro, lucía completamente enmarañado, sucio y deslucido. Los otrora profundos ojos grises se hallaban subrayados por unas ojeras tan antinaturalmente oscuras, que el contraste volvía de fuego su mirada inyectada en sangre: plomo ardiente. La palidez, acrecentada por los enormes manchones que se distribuían al azar por sus facciones, le daba un aspecto casi espectral. Finalmente, el nerviosismo propio de su temperamento y su acción, el que le sirviera para robar el bacilo (el equivocado), había sido suplantado primeramente por el miedo, luego por la vergüenza, más tarde por la desesperación y, al fin, por un sentido de poderosa dignidad.
Pero sus idealistas sueños de anarquismo se habían convertido en algo más que la mera burla carnavalesca que previera el bacteriólogo. Y esas marcas representaban su nueva esencia: la del ser en el cual el bacilo lo había convertido lentamente, y la de la consciencia que él le había prestado al
microscópico y ciego organismo. ¡Sí, su autosacrificio haría realidad la utopía!
¡Corre, Harry Hicks! Evita los baños de Tabernacle Street siempre custodiados por las siniestras siluetas de los Bobbies y baja hacia Pancras Well donde cohabita la chusma y los peor de la city, allí depositarás el contenido de la probeta. Han pasado unos días y adornando las farolas pueden verse unas proclamas: “…hoy nos toca resignarnos y resistir. Nuestro sabios ya trabajan en la solución…”
Ahora su paso es más lento y puede disfrutar de los rostros inocentes de sus coetáneos embutidos en un falso aire de seguridad, en una paga miserablemente fija y presumiendo del moribundo geranio de la ventana, el tiempo corre a su favor. Se acerca al pub y mientras pide su pale ale favorita, saluda con sorna al grueso caballero conocido por El Trompetas y le grita al tabernero: ¡Soy Harry Hicks!
¡Chaqueta de pana y sin sombrero!
¡Sonríe, Hicks! Que ahí vienen los chicos de Scotland Yard. Los efectos del bacilo no tardaran en manifestarse y vuelve a sonreír ante una futura imagen azul de la Reina Vicky.

Teresa P. Mira de Echeverría (Argentina) y Ricardo Acevedo Espulgas (Cuba)
Publicado en la revista digital Minatura 147

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