lunes, 4 de enero de 2016
YO TE ESCUCHO Y ALZO EL VUELO
Yo te escucho y alzo el vuelo. Picoteo de tus granos, de tu indecencia frente al viento.
Sublimo de ti el espacio que recorres, mientras me reservo en nuestro nido, y sólo atino a husmear si lloverán cobijos o enormes lluvias negras, en este balbucear de nubarrones y caricias empedradas.
Me empapo de ti cuando regresas, y viertes un aleteo en mi corazón de pajarillo errante. Ahí empiezo a amarte, a sentir tu libertad abrazada a mi destino, y como un loco de las calles, me retiro a perseguir el trino de jilgueros, a horadar en los picos celebrados con manantiales y diademas, junto a águilas hirientes, que si me prestan razón, es porque no les sirve mi inocencia tardía. Ellas están empinadas en su triunfo categórico frente a los aires. Yo, en cambio, hago una reflexión de mi amor de tantos años, y me bajo de esa cumbre, pacencioso y desprolijo; planto primero una flor pegada en mi pico zigzagueante, la recuesto en la montaña más alta, y sé que como una bandera desplegada, así tú desplegarás el nido de mis cantos matinales, y de mis oscuros tormentos, cuando pase a formar parte de mí, el desequilibrio del vuelo, o la sequedad en mis alas ya gastadas de tanta incertidumbre.
Porque volar cuesta la vida, porque volar es una encrucijada, y a veces no encuentras rumbo fijo, porque volar es una costumbre que se agiganta o se tuerce con los años y el otoño que aparece como toda estación en el alma consumada. Porque volar es una utopía o un sueño despierto.
Porque a estas horas de mi vida, volar se ha convertido en una recaída de amor irrepetible, que cesa y que no acaba. He ahí mi angustia, mi ostracismo, mis miedos en el nido y el recostar de mi pecho en tu regazo, cuando vas aligerando el tiempo, cuando vas preparando la última batalla para mi vuelo ya sin pico, o con las alas desplomadas.
Porque nos encontraremos cielo con cielo, ansias con ansias, o un desborde de lágrimas a la usanza del amor dignamente respetado, o simplemente la sonrisa verterá su manifiesto, de que sólo somos pasión que se deshace dignamente cada noche que no llueve, o cada día asombrados ambos de no decirnos nada.
Del libro Un crimen demasiado humano de German Janio Rodriguez Aquino
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