La abuela
dormía cubierta entre las gasas negras
de sus faldas;
las mías, de colores
prorrogaban entre las almohadas y los pañuelos que
cabalísticamente o por costumbre,
permanecían allí.
Pañuelos cerca de las manos
debajo de las almohadas
para que las urgencias del sueño
nos encontraran provistas de armas
de tela batista, bordadas, empuntilladas.
Y nuestras espaldas
beligerantemente impasibles
se miraban
desde el territorio
propio y finito
de cada cama, cada suspiro y un sino
bailoteando en los mosaicos encerados.
Susana Rozas -Argentina-
Compartido por Rolando Revagliatti
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