lunes, 2 de noviembre de 2015
SEMEJANTE A UNA ARAÑA / I - SEMEJANTE A UNA ARAÑA / II
ORIGINAL
Semejante a una araña / I
Desde la mesa donde desayuna contempla la estructura de metal semejante a una araña con patas momificadas. Las arañas lo atemorizan. En su imaginación desaparecen los locales comerciales y visualiza trenes del pasado. Casi conoció esta estación antes de que la cerraran. A su arribo a la
ciudad no conseguía alojamiento, y ya alcanzaba aquella estación para viajar a hospedarse en alguna otra cercana cuando tropezó una pensión de mala muerte y una habitación sin baño. Tal historia se la ha contado y la ha contado, incluyendo cómo lo estafaron los trileros, una especie desconocida. Prosiguiendo con cómo los denunció y finalmente los detuvo la policía, excepto al que lo había inducido a apostar. El resto sólo se lo ha contado a sí mismo. Narrando cómo él siguió al trilero en su escape y lo mató con una botella recogida al paso cuando el otro, dándose cuenta de la persecución, giró para agredirlo navaja en mano. ¿O así se lo cuenta ahora en la vejez? ¿O lo siguió y lo mató sin más para que no volviera a estafar a vulnerables e indefensos? ¿O ni siquiera?: Lo mató porque a él no hay quien le tome el pelo y sobreviva.
MODULACIÓN
Semejante a una araña / II
El arañazo de la pregunta no lo sobresalta: ¿Qué hago sentado en esta mesa de un centro comercial al mediodía? Ni la respuesta lo aterra: Estoy a la espera de que algún indeseable no se comporte. Me agreda. Y me proporcione la justificación para hacerle pagar. Como si una araña, casi fosilizada,
aguardara en búsqueda de alimento para su tedio, o para la tensión que entretejen a ratos su aburrimiento, a ratos su expectación.
Mira lo que alcanza. Necesita un soplo, aunque sea casi imperceptible, de que continúa vivo. De que sus patas no están momificadas, integradas al hierro gigantesco de la antigua estación ferroviaria.
Del libro Cada gota de azogue acerca el mundo de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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