Miraba desde su alta prepotencia,
desde la cima de su ego creído.
Observando como única creencia,
la que él, impartía a los perdidos.
Se creía alma de conciencias,
por saber más que el mundo conocido.
Al sentirse el centro de la ciencia,
que hizo tambalearse a lo nacido.
Caminaba con zancos de vanidad,
los que le pusieron la ciudad
cuando le hicieron engreído.
Pero al no mirar hacia el suelo,
se vio con su arrogante cielo
dándose de morros, con el olvido.
Ricardo Campos Urbaneja -Irún-
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