Una corta melena se desliza sobre los anchos hombros; algunos cabellos revoltosos le caen por la frente, mientras otros le bailan agitados por el gélido viento, como si quisieran desprenderse. Los ojos castaños clavan la mirada en la lejana línea del horizonte infinito, en el mar solitario con sus aguas cristalinas, dormidas, perdido en medio de sus pensamientos y de sus nostalgias, en el recuerdo de la mujer amada, en los hermosos momentos vividos con ella, antes de que su ausencia le dejara una profunda herida.
De repente el silencio se rompe; algunos barcos anuncian furiosos su llegada a Mar del Plata; las gaviotas sobrevuelan el cielo amenazantes. Es entonces cuando con los débiles rayos del sol de media tarde debe emprender la marcha. Da la espalda al faro y camina con pasos lentos, ahora cabizbajo, con la mirada caída a ese suelo empedrado de baldosas azul oscuro, nuevo océano que recibe sus andares meditabundos, respirando trabajosamente, al tiempo que una punzante zozobra sacude su pecho. Una mano sostiene el humeante cigarrillo, mientras la otra descansa en uno de los bolsillos de la luctuosa gabardina afelpada que con lentos movimientos desaparece por las calles adoquinadas. La noche anuncia su llegada con densas nubes que pueblan el firmamento, como aquéllas que le inundan el alma, no menos cargadas, muerta ya toda esperanza, desesperando por vaciar todas sus angustias.
El largo deambular lo lleva de vuelta a casa tras largas horas de huida. Mas no puede escapar; ha de regresar y enfrentar la imagen del lecho frío, amargo testimonio de su infortunio, acaso con un último resto de una dicha pasada, el olor de aquella mujer que le rompió el corazón, que descorazonado late ya sin ritmo, al compás de las caladas que da a un nuevo cigarrillo.
Mas aún retiene el llanto. Enciende una lámpara y bajo una tenue luz empieza a escribir poemas, las tristes letras que en su vagar había estado rumiando, las lágrimas del espíritu, que atormentado busca la calma antes de que se desate la tormenta en el cuerpo, antes de dormir los dolores en el sueño, hermano de la muerte, convertidas las sábanas en su féretro. Pero antes de dormir debe componer siquiera unos pocos poemas. Quizá le den unos míseros centavos cuando en el nuevo día se aventure por las carreteras y recite los quejumbrosos versos que componga en la helada madrugada, siguiendo los dictados de su alma flagelada.
JAVIER SÁNCHEZ GARCÍA
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