Me azota el viento
dejando sus huellas
en mi blanca piel.
Son unas huellas
que no sangran
que no permanecen.
También en mi pelo,
al despeinarlo,
ha dejado huellas.
Huellas que un peine
hacen desaparecer
con un par de pasadas.
Poco a poco volvió la calma
y el viento dejó
de jugar conmigo.
JOSÉ LUIS RUBIO
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