La mano tendida hacia los pechos ciegos
de furtivas miradas de arcadas o miedos,
Exhaustos entre la multitud, con ojos de ternura
afrontan las noches esperando un milagro,
entre ríos de tinieblas, mendigando.
El pichón desovilla, sin sueño,
las fiebres en su ácido párpado.
El aroma de andrajos va pariendo
lunas negras de sarnoso desamparo.
Con las primeras luces va llegando
un resplandor frío a sus ojos secos y agrietados.
Y es temprano otoño de piedra, la madre,
mutilado contra muros sin hiedra, entre hebras de sombra
y pan duro, el martirio del silencio social
y la urdimbre del hambre erizando liturgias
de desesperanzas.
Pedro Jesús Cortés Zafra -Málaga-
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