El hombre sueña que una pértiga lo ciega: las puntas le atraviesan sin dolor los párpados. Al despertar, sobresaltado, piensa en su anhelo de horizonte, de infinito. El hombre decide partir la pértiga con sus manos y comprar un telescopio. Quizás algo más modesto: un catalejo. Tal vez unos prismáticos.
Del libro Cuentos de hombre y altura de FRANCISCO GARZÓN CÉSPEDES
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