martes, 6 de enero de 2015
CARTA A LOS PADRES DE LOS REYES MAGOS
Por nada del mundo quisiera herir la sensibilidad de los hijos, en especial la de los más pequeños y la de aquellos adolescentes más crecidos en edad pero que aún no ejercen como padres. Me explico, los progenitores tenemos la obligación de cuidar, alimentar, y educar bien a nuestros descendientes.
Dicho esto, debo añadir que estoy desilusionado con el comportamiento de los Reyes Magos. Año tras año la misma carta, la misma petición y el mismo resultado a la hora de abrir el cofre de mis deseos; de manera que en esta ocasión he optado por dirigirme a los padres de los presuntos venidos de Oriente. Me indigna ser ignorado cuando uno, dejándose llevar por la única esperanza de ser atendido, comprueba la dejación de funciones que estos tres jerarcas se gastan. Es de suponer que los padres, si son como debieran, tomarán medidas, pues a los hijos, sean Reyes Magos o estudiantes de bachiller, de vez en cuando hay que llamarles al orden.
Ya sé que vuestros hijos, aún viniendo de vosotros no os pertenecen y son ellos los que deben actuar con responsabilidad e independencia. También sé que no es tarea fácil tomar decisiones respecto del qué hacer; pero mal, muy mal enseñados están Melchor, Gaspar y Baltasar. De igual manera sé y comprendo que no es labor cómoda la de reprender a quienes llevan más de 2.000 años haciendo las delicias de medio mundo; pero es ahí donde la jerarquía paterna debe hacerse notar, o sea, lo de estar a las duras y a las maduras.
No me vale que ellos tres sean mayores de edad, que lo son para lo que les interesa, pero deben comprender mi indignación. Sabido es que se puede vivir de muchos modos, pero hay modos que no dejan vivir. Por eso debo insistir en la necesidad de aleccionar a quienes obran con desobediencia continuada. Cierto que ya no soy un niño, pero si el requisito para ver cumplidos los deseos es el de ser buena gente, créanme que me esfuerzo a diario por estar a la altura. O sea, me considero uno de esos seres ambiguos, es decir, como escribiera Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno…”
Les sugiero que alumbren en sus hijos conocimientos que estos ya poseen, pero que ignoran que los tienen. Quizás así lo entendía Sócrates que, con su método mayéutico provocaba en el interlocutor el conocimiento mediante el diálogo. Al evocar la mayéutica socrática quiero mostrar mi confianza en que realmente, poniendo sabiamente el corazón en las relaciones entre padres e hijos, puede humanizarse el entorno y a la vez contribuir a la construcción de un mundo mejor; quizás un lugar en donde los que posean más allá de sus lícitas encomiendas se vieran obligados a repartir el exceso de dones.
Por cierto, aún no les comenté el motivo de mi queja. Llevo 65 años esperando que sus queridos hijos, Melchor, Gaspar y Baltasar, atiendan mi única petición de todos los años: “que me traigan la noticia de haber acabado por fin con el hambre en el mundo”. Y así hasta la fecha. ¡¡Manda huevos!!
JUAN JOSÉ VIJUESCA
Publicado en Madridpress.com
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