lunes, 18 de noviembre de 2013
URBANA
Amanece. Al filo de las 6.30, el sol empieza a prodigarnos sus primeros rayos.
Las calles aún presas por la penumbra de la noche, empiezan a abrir sus ojos, mientras a cuenta gotas las personas van saliendo de la nada. Algún ruido de agua se escucha mientras el trinar de un ave pasa raudo cien metros arriba de mi cabeza.
El piso empieza a recibir las pisadas de quienes ni cuenta se dan que dejan sus huellas, personas que llevan en su pensamiento miles de ideas y preocupaciones, algunas válidas y otras quizás vagas.
Y así como hormigas presas por el pánico perdiendo el camino se encuentran los hombres, se rozan los hombros porque el afán los envuelve. La urbe empieza a sonar, a decantar los olores de perfumes mezclados que pierden su género mientras la volatilidad los esparce.
Hombres y mujeres altos para la insignificante mirada de aquél que en suelo duerme tapado con cartones, (aún no despierta)... No se da cuenta que por su lado pasan ejecutivos y mujeres taconeando fuerte. Es feliz en su sueño.
Hay quien no duerme, espera que una moneda caiga a su roído sombrero o sobre su mano sucia que estirada se queda porque la indiferencia o la razón reina; el afán de los citadinos no permite ni siquiera ver el hombre del suelo, aquel que la noche anterior buscó entre las basuras algo de comida. Los citadinos llevan su estómago lleno y no sabe lo que es enredar el hambre con una cáscara maloliente, o meter la nariz infantil en un frasco de pegante.
Y así pasa todo el día, las calles mudas no cuentan historias, solo las paredes recogen las huellas y sudores, las preocupaciones y alegrías de sus habitantes.
En la infinita rueda de los días el tiempo se gasta para los demás, pero las calles se vacían y vuelven a llenarse, ellas esperan que el sol las haga estremecer y que por sus ladrillos rueden las gotas del rocío mañanero. El perro ladra y la sociedad no lo escucha entre tanto ruido.
La luna enmudece y el sol se marcha cansado del sudor ajeno.
Y así son las 8.30 de la noche, sólo los vagabundos quedan en la calle esperando el frío de la noche y que el sueño lave sus ilusiones mustias...
Ethel Saavedra García -Colombia-
Publicado en la revista Palabras Diversas
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