Sorteando un charco de fibras,
el robot,
perseguido por un insalvable terremoto de dolor presentido,
enfiló la cuesta.
En sus manos imantadas,
portaba belleza,
un puñal de rosas y azaleas
que refulgían como el metal de su abundante amor.
Acechaba la desmesura de su amada,
escondido,
tímido,
tras su sonrisa de sabor violeta.
Ella, la robotina pizpireta y acorazada,
dio cuerda a su reloj de manecillas doradas
y sobrevoló peripuesta,
el nido de ortigas que le correspondía.
Al herido robot,
el dolor hizo llorar pétalos de lis perfumado
mientras sus conexiones neuronales
chirriaban con la pena de la sinrazón.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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