jueves, 23 de mayo de 2013

QUERIDO PLATÓN


La idolatraba con un amor que no necesitaba ser correspondido. Sin preguntarse lo que prefería: si ese aire misterioso, la ligereza, el cuello estilizado, o verla danzar cada noche a solas al compás de la melodía interminable que llegaba en forma de murmullo a la ventana desde donde la contemplaba, sin que ella lo supiera.

La fantasía de que lo imaginaba espiarla en silencio le causaba un doloroso placer, solo comparable en intensidad al miedo de perderla. ¿Qué pasaría si una noche no veía su sombra tras el cristal de la ventana, si era otra la forma entrevista? ¿Si ella no escuchaba el pensamiento que le enviaba al asomar la luna? ¡Baila para mí!

Sentía que la danza estaba destinada a él, testigo fiel en tan peculiar luneta. Un solo temor no lo había atravesado. Por más que juguemos a idear el futuro, éste no tiene por qué obedecer a nuestras predicciones, a nuestras esperanzas, mucho menos a nuestros temores:

Aquella noche no hubo música. Ella no bailó.

Toda historia está condenada a terminar; somos hijos del tiempo, pero, ¿no es la música eterna? Sin poder soportar el silencio, la ausencia de la silueta en movimiento, sintió que algo dentro de él se quebraba.

A su dueña le explicaron que este tipo de figuras de cristal a veces “cogían aire”. Ella botó los trozos, apenada, aquel pequeño payaso rechoncho y sonriente, con su sombrilla entre las manos, era un recuerdo de su abuela.

¡Si tan solo él hubiera sabido que al joyero sobre cuya tapa giraba su amada la bayadera, se le había descompuesto la cuerda!


Celima Bernal García
Publicado en el blog inventivasocial



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