viernes, 26 de abril de 2013
MI PAPÁ SE MURIÓ SIN SABER QUIÉN ASESINÓ A SU HIJO NELSON MEJÍA SARMIENTO
Por Tito “Sensación” Mejía
El viejo César Eurípides Mejía Pizarro murió según el acta de una clínica barranquillera de una fuerte gripe a los 93 años, el 11 de abril del año 2011.
Mi papá estaba lúcido a pesar de tantos años, su visión y audición eran incólumes, pero en su cara centelleaba el hecho individual del ser humano en tiempos de angustia y dolor, de incesante zozobra interior y exterior que, sabía que se iba a morir sin tener conocimiento a la larga de quién había dado la orden de acabar cobardemente con la vida de su hijo Nelson Mejía Sarmiento, el alcalde en ejercicio de ese entonces de Santo Tomás (Atlántico), aquel 29 de abril de 2004 a escasos metros de las instalaciones del DAS en Barranquilla. Fueron dos disparos certeros a la cabeza del alcalde y también dos disparos certeros al alma de toda la familia, especialmente a la del viejo César.
Es que a partir de ese instante, mi papá ya no fue el mismo, casi todos los días eran profundamente tristes en su marginal silencio, desde las rurales mañanas hasta cuando las tardes se perdían en el extraño abrazo de las noches que los acunaba. El viejo lloraba calladamente y hablaba de Nelson para sus adentros como exigiendo justicia para que el crimen no quedara como hasta la presente sigue, impune después de ocho años.
Papá persistía y persistía en dar a conocer su inconformidad frente a la sociedad como aquel poeta que protesta a través de sus mágicas palabras, llamando a las emisoras casi todos los fines de semana, para ver cómo iban las investigaciones del caso juzgado con relación al crimen de su hijo amado Nelson, y esto de alguna manera porque él me lo manifestó en varias oportunidades, le daba ánimo a su fértil corazón, donde todavía según él, echaban raíces sagazmente la esperanza de que la verdad sobre el asesinato saliera a flote algún día y no se perdiera en el espacio que ahonda el vacío inabordable de la razón de ser o de una locura imprevista del tiempo dolorosamente resignado para todos nosotros, para toda una familia destrozada desde aquel aciago día. Por ejemplo: Mi madre Eloína, quien aún vive, en ocasiones pierde el sentido de las proporciones, y se enlaguna, producto de un Alzheimer, en la intrépida angustia de hallar a su hijo Nelson en casa o en un paisaje paradojal, quedando atrapada además, en un llanto cuasi eterno hasta cuando uno de nosotros: Cipriano, Arnaldo, Bertha, Vilma, Alejandra, Alex, Nolasco o yo, la devolvemos a la realidad de manera injusta, no sin antes pasar por un desmedido torbellino de dolor. Y qué decir de Onésima, la esposa de Nelson, y de sus hijos; pues ellos prefieren guardarse sus pesares en un profundo y respetuoso silencio y acrobacias sálmicas, sin olvidarlo como es lógico un solo instante de sus vidas, sobre todo en las noches cuando los pájaros se alistan para surcar las casas arrastrando el amanecer.
Publicado en el periódico digital La Urraka Cartagena

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