Llegaba tarde.
Me diste la mano para ayudarme;
me incorporé y te vi.
¿Quién eres?
-sólo sonreías.
Desde entonces,
no he querido saber nada más del mundo.
Puedo poseer
los días completos,
siendo el trueque de la vida:
tu sonrisa
-mi despensa-.
Tú te giras y ríes,
mientras el Sol recorta tu pelo en una fotografía.
-el parque-
Lo voy perdiendo todo por la arena,
detrás de ti,
como un juego, en el que tengo que alcanzarte.
Extasiados en el césped, vuelve el cuerpo.
Quiero ser un niño, siempre en el parque;
deja que me ponga a trabajar cuando acaben los días soleados
y sea un hombre.
Del libro Violeta Malabar de Alejandro Gómez García -Madrid-España-
Publicado en La Biblioteca
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