viernes, 8 de febrero de 2013

ALAS DE LOS VERSOS


VIII

Subo sin límites, sin alas,
donde los bordes se doblegan,
donde las cimas empequeñecen
sus picos y vertientes,
más allá de la altura imprevisible
o los linderos que fabrican
con sus cercas las rutas ascendentes
hacia la absoluta libertad del tiempo,
hacia la sola salvedad de saberse uno mismo.

¡Oh cálamos del verso columpiándose
en las constelaciones multitudinarias,
o en los arcos puros de los navegantes seres
que el espacio desprendiera de sus inmortales soles!
¡Oh letras de los astros que destellan
para ofrendar la luz al vuelo
y a la semilla regalarle el éxtasis
de ver el fruto columpiándose en sus ramas!

Sigmas de las columnas
que con sus grafos heredaron
la sideral memoria
para perdurar entre mayúsculas
en los ancestrales alfabetos:
voy hacia las gredas
donde el viaje llama al aroma
o al aserrín desde su propia cueva,
donde el Coatzacoalcos florece
sus extensos brazos
para regalar piedras de quetzales y tapires.
Sobre el corazón que vuela
(ancha letra desprendida),
mi cabellera se hace lacia de veredas y andadores,
y se posa en las candelas de las coplas y sentinas.

Bordes de la mira
apuntalando al todo y a los claros,
como si el amarillo fuera su corazón
y su seducción volcánica,
o la misma oscuridad de la tierra
en la palpitación de sus veneros;
como si sus manos, colgadas de los cipreses y abismos
o de los pétalos nacidos de la divinidad
de los colores en sus marmóreos capullos agostados,
crecieran desde lo más hondo de la vida.
Díganme: ¿qué pájaro fui?,
¿qué parte del arbusto y de la greda?,
¿qué mímica de los sonidos?
¿qué número entre las sumas
que contaron la fragancia y la pureza?
¿qué hombre entre los hombres
y qué individuo fui entre ustedes?

No soy yo el poeta de las aves,
ni de los arrullos,
ni de las partículas de luna alumbrada,
ni de la flor que al pétalo le hablara
cuando en la superficie de los sueños ya volaba,
o navegaba en tantos mares,
o sobre la magnitud de piedras colosales.
Pero vengo a hacerme parte,
apuntando y anotando,
escribiendo los preclaros
en un telar de cien palabras,
de mil noches con su espuma abrazada,
de mil calandrias palpitadas,
de mil niños balbuceando.

Déjenme mostrarles:
éste es el corazón,
y voy sintiendo… y va volando...
hacia el mar, ¡lo sé!...
hacia la costa descubierta,
hacia la vida… escalando,
hacia la hechura de lo humano.
Voy a escribir el acero y el cobre ardiente
a que temple la herida de mi mano,
a apuntalar mi aorta con la viga
de un socavón que vio su joya
brotando de aquel barro,
de un ónix nuevo que, aún negro,
escúchole palpitando.

Éste es el corazón…
Hacia el mar, ¡lo sé!...
como un poeta de agua y sal,
como un bergantín que azul se va,
como una aurora que en la cresta sale a pescar,
como un jazmín de anzuelo para versar.

¡Hacia el mar… hacia el mar!
¡Éste es el corazón!…
¡Lo sé!

Del libro CREPITACIONES DE LA POESÍA de SALVADOR PLIEGO -México-
Publicado en la revista Gaceta Cultural 74


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