Escribo un libro, es parte mi diario,
de anónimas conquistas y derrotas,
y es agenda de sueños y proyectos
con que la mente el porvenir adorna.
Pero es más que eso, es íntima añoranza
de utopías de amor que aún hoy se agolpan
al borde de mi espíritu,
reclamando lugar, presencia y hora.
Les fui dando entidad, año tras año,
revistiendo sus formas
de probabilidad, de expectativa,
de visiones de músculo y alcoba,
pero sin nacimiento definido,
y hoy reclaman crepúsculos, auroras,
noches de carismáticos desvelos,
ronroneos al pie de las farolas,
sabor de nata y miel sobre la lengua,
y chasquidos de besos en la boca;
cuanto les prometí en las soledades
de mis vivos deseos. Me reprochan
su quimérico estado de fantasmas,
sin latidos, sin piel, pálidas sombras.
La vida de mis versos no es la que ellas
anhelaban; se ven como gaviotas
en círculos eternos, incapaces
de romper su perenne trayectoria
sobre el mar o la playa,
sin posarse en la arena o en las olas.
Y no sé que decirles
que remedie mi error o su congoja.
Tanto quise emprender, mas indeciso
fallé en mi cometido; tanto aroma
se me desvaneció, sin inhalarlo;
y sin saber desentrañar la absorta
mirada ante mis ojos, tantas veces
proseguí en soledad devastadora…
Los pasos escuchados a la espalda,
la palabra que tímida se esboza,
la sonrisa gentil que se insinúa,
tantos acercamientos, tal idioma
a medias solamente interpretado,
o que en la prisa juvenil se ignora.
Hoy lo grito en mis versos,
mientras mi propia edad se desmorona.
Ah, mis tiernos espectros del pasado,
si yo os pudiera revivir ahora…
FRANCISCO ÁLVAREZ HIDALGO -Los Ángeles-
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