lunes, 3 de diciembre de 2012
SER SOCIAL O NO SER
La finalidad de la vida más común en todos los seres vivos es querer vivir lo suficiente como para poder reproducirnos y transmitir nuestros genes. Esto se puede llevar a cabo con más probabilidades de éxito si uno vive en grupo. Robert Trivers nos ofrece un ejemplo (Social Evolution, 1985). Gustav Rudebeck, después de haber llevado a cabo un experimento con halcones y palomas, se dio cuenta de que el porcentaje de éxito del halcón en sus capturas se reducía en proporción inversa al número de individuos del grupo de palomas. La razón es sencilla: la probabilidad de que una de las palomas aviste al halcón y dé la señal de alarma al resto aumenta con su número. Un ser vivo que carezca del gen adecuado para la convivencia en grupo o viva en unas circunstancias ambientales que le impidan esa convivencia grupal, es un ser vivo que tendrá menos probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes. Esto es la que significa, simple y trágicamente, la selección natural. Escribe Trivers (p. 15):
Rudebeck sugiere que el tamaño del grupo puede ser un freno a la mortalidad frente a los depredadores. Cualesquiera individuos con una tendencia genética a vivir junto a otros individuos puede sufrir menor depredación y por tanto dejar más crías supervivientes.
Tenemos razones para creer que esta explicación se aplica muy ampliamente en la naturaleza, y se ha sugerido que la fuerza selectiva primaria que causa que las criaturas se reúnan en grupos es la presión de la depredación … Desde el punto de vista de la paloma individual la ventaja para sobrevivir es sorprendente: de una posibilidad para sobrevivir entre cinco cuando está sola, a un 99.8% de posibilidades cuando está en un grupo de 50.
Si ahora observamos nuestra situación económica actual, nos daremos cuenta de lo que está ocurriendo. Con la llegada de los medios de transporte modernos una persona tiende a trabajar a cientos de kilómetros de donde vive, durante una jornada laboral agotadora, para regresar a su casa al final del día, cenar y poner la televisión o navegar por Internet. Sin un sindicato independiente que lo respalde o unos organismos públicos que se interesen por él, lo más probable es que viva con el miedo a perder su trabajo, con el miedo a quedarse sin casa, con el miedo a acabar como todos esos muchos otros ciudadanos que él ha visto deambulando por las calles con la mirada perdida.
Y ese miedo al aislamiento definitivo es el arma más poderosa que utiliza el sistema para imponer su orden y sus reglas. En otras circunstancias, un banco no habría podido desahuciar a un vecino tan impunemente, ni la policía habría llevado a cabo la operación solo para ver cómo éste se había ahorcado. En otras circunstancias, no tan lejanas, el halcón no lo habría tenido tan fácil.
Ricardo Mena
Publicado en la revista LetrasTRL 52
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