jueves, 21 de junio de 2012

JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ DE LÁGRIMA EN LÁGRIMA


 Por  Juan Cervera Sanchís -México-

  Si entre los poetas León Felipe es el cantor de las
lágrimas entre los compositores de la música popular
nadie supera a José Alfredo Jiménez.
Dudo que  haya otro compositor mexicano más
obsesionado por las lágrimas  que él.
 Si examinamos el catálogo  de sus  canciones llegaremos a la
conclusión de que se pasó  la  vida  llorando, como el bíblico
Jeremías
 En verdad, más que  cantar, José Alfredo, lloró y lloró.
¡Qué manera de llorar  la suya!
 Consciente de sus  lágrimas, el gran sentimental, que
era  José Alfredo, ya en “Camino de Guanajuato”,
consigna:

“No  vale  nada  la  vida,/ la  vida  no vale nada,/
comienza  siempre  llorando/ y así llorando se
acaba”.

 Desoladora  visión  de la  vida la de José Alfredo.
Se puede decir que las lágrimas fueron las protagonistas
estelares de sus  canciones
 En “Con mis propias manos”  registra:

“Se  fue  al  clarear  el alba/ por el camino bañado
de lágrimas.”

Los  caminos se  bañaban de lágrimas para él. Más
que caminos eran ríos  de sollozos.
 Algunas de sus canciones llevan  títulos muy significativos
en relación con las  lágrimas Recordemos: “Como lloran
los  hombres”  o  “Llora conmigo”.
Tenemos  la  sensación de que José  Alfredo fue un hombre
que se derramaba en  llanto  con harta  facilidad.
 En  “Cuando te  acuerdes de mí” canta de esta dolorosa
manera:

 “Cuando te acuerdes  de mí/ échate una copa a mi salud,/
porque donde quiera que estés/ vas a acabar llorando a
mares”.

 Y  no termina  ahí. En esta misma  canción reitera:

“Cuando te acuerdes de  mí/ échate una  copa  a mi
salud,/ que  yo  también  estaré/ solo y sin ti llorando
sangre.”

 Sangre  llega incluso  a  llorar José  Alfredo por
cuestiones  de amor y, por cuestiones de amor, llega
a  decir:

“De  mis ojos  está  brotando llanto,/ a mis años
estoy enamorado,/ tengo el pelo completamente blando,/
pero voy a sacar juventud de mi pasado.”

Es casi un grito, desesperadísimo, este llanto de amor,
en “Cuando vivas conmigo” y, en  “El Jinete”, malherido
de  nostalgia,  manifiesta:

“Con su guitarra cantando/  se pasa noches enteras,/
hombre y guitarra llorando/ a la luz de las estrellas”.

 Con los ojos  nublados  por el llanto transitó José
Alfredo por los caminos de este  mundo. ¡Qué duda
cabe!
 Si recordamos  “Ella”, nos sentimos inundados
por todo un torrente  de  lágrimas:

“Yo  sentí que mi vida/ se perdía en un abismo
profundo y negro como mi suerte/ Quise hallar
el olvido al estilo  Jalisco,/ pero aquellos  mariachis
y aquel tequila  me  hicieron  llorar.”

E insiste:

“Me cansé de rogarle/  con el llanto en los ojos...”

Llora y llora y no cesa de  llorar José Alfredo Jiménez.
Se auto nombra  rey y, ahí, en “El Rey”, pobre y vencido
rey, tampoco deja de invocar  a las  lágrimas:

“Yo  sé  bien que estoy afuera,/ pero el día que yo muera/
se que tendrás que llorar,/ llorar y llorar.”

Visualiza  su propia  muerte y se inventa una  amada
reina que lo  llora, una  reina que, en realidad,  es
su propio  y dolorido  subconsciente.
 Nunca,  las lágrimas de José Alfredo,  son ajenas.
Él, una y otra  vez, llora y canta su propio llanto.
En “Esta noche” levanta su  voz  así:

“Esta  noche me  voy de parranda/ para ver si  me puedo
quitar/ una pena que traigo en el alma,/  que me
agobia y que me hace llorar”.

¿Quién dijo que las parrandas son alegres?

Hombre, José Alfredo, y  músico y poeta y cantor y
con una pena y mil penas traspasándole el alma que
lo impulsan a cantar a  fuerza de llanto.
En  “La  mano de Dios” lo subscribe:

“Yo seré para ti nada más,/ te lo digo llorando...”

 Ahogado  en sus propias lágrimas, en “La que se  fue”
más  que  cantar  casi grita  con  desesperación:

“Si es necesario  que llore,/ la  vida completa por
ella lloro...”

No se puede llorar  más de lo que lloraron José Alfredo
y su guitarra:

“Llora conmigo guitarra mía,/ tú sabes que no sé reír”.

 Desolador, José Alfredo confiesa que no sabía reír
ni siquiera  cuando el amor parecía  sonreírle.
Así, en “Poco a poco”, deja dicho:

“Poco a poco  me  voy acercando a ti,/ poco a poco
se me llenan  los ojos de llanto”.

 Todo  un caso de lágrimas y  más y  más lágrimas,
desatadas  e inagotables,  el de José Alfredo de nuestras
lágrimas,  pues somos  muchos los que hemos llorado
con él.
 No cesa  de llorar José Alfredo:

“Repitiendo voy tu  nombre,/ llorando, triste, llorando.”

 Prisionero  en su círculo jeremiaco  bien  podríamos
considerarlo el Jeremías  de  nuestro cancionero, donde
funge como profeta  mayor.
En “Ruega  por  nosotros” se sumerge  en el pozo
del lloro  y llora sin consuelo:

“Llorando paso las  noches,/ paso  las noches llorando,/
para  mí el sol ya no brilla,/ entre sombras voy vagando.”

Sombras empapadas de llanto “canta, canta y canta”
y, cantando, aún su dicha, su alma  no cesa de llorar,
como si conociera aquella  ley de los vencidos de la
que nos  habla el  pensador granadino Ángel Ganivet:

“Es ley eterna que la  victoria definitiva sea siempre
la de los  vencidos”.

José Alfredo Jiménez, derrotado y víctima de las
lágrimas, acabaría siendo el vencido triunfador, por
el poder  mismo del  llanto, que pervive, contra la
fugacidad de la ilusoria felicidad. 

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