viernes, 22 de junio de 2012
EL APAGÓN
Por: JOSÉ D. DIEZ -España-
La oscuridad es el miedo a los fantasmas vivos. Un inesperado corte de energía eléctrica sorprendió al pueblo. Esto alteró la rutina, el pueblo tenía su vidilla: un cine, varios comercios de mediana superficie, dos restaurantes de cierto prestigio, una iglesia parroquial románica hasta el campanario, incluso un puticlub situado en el extrarradio, justo en la carretera que le unía con la capital. En el referido pueblo, por el apagón, las cosas en ocasiones llegaron al límite de lo civilizado. Los involucrados en la reparación se quitaban el muerto de encima culpando a los demás. Los habitantes menos pillados en la oscuridad le daban compulsivamente al interruptor esperando se hubiese hecho la luz. Pasaban las horas sin que “volviera”. Las
incidencias que se producían eran las típicas de un incidente así, aunque en algunos lugares fueron extraordinarias; los espectadores en el cine patalearon en el suelo, silbaron y gritaron repetidamente, las
parejas aprovecharon para meterse mano, los comercios detuvieron el paso por las cajas, los clientes, haciendo cola con sus compras, protestaron, para luego irse furtivamente con lo que cargaron, el saqueo fue casi total. En los restaurantes no fue menos patética la situación: los camareros encendieron unas velas pero los clientes se fueron de allí sin pagar, tropezando con otras mesas en las que se volcaron las copas y los platos de sopa. Como consecuencia se produjeron algunos enfrentamientos porque a la señora le habían manchado el vestido o se habían caído encima de ella sin saber cómo salir del lío.En la Iglesia, feligreses
oraban para pedir a la Virgen de la Luz el fin de la oscuridad para salir de la oscuridad. En el puticlub... Allí no dejó de ser divertido. El dueño ofreció a los clientes barra libre para quienes acertasen a acercarse al mostrador, los clientes pedían jugar a la gallinita ciega con las chicas de alterne y premio para el que acertase
a pillar una. Y sin que al dueño le valiese oponerse, todos se prestaron al jolgorio ciego de las ciegas pasiones de la carne. Poco importó si la carne llevaba faldas o pantalones, que en la oscuridad todos los gatos eran y son pardos. De vez en cuando alguien gritaba “¡maricón!”, pero no pasaba de eso, porque el
“equivocado” decía: “Uy, perdona, es que a oscuras yo veo fatal.“
Eran las doce de la noche. Cada cual, más o menos con la dignidad a salvo, volvió a sus casas dejando atrás los restos de la batalla de las tinieblas. Sin televisión, se resignaron y decidieron ir a la cama pensando que se
le iba a estropear la comida que almacenaban en el frigorífico. Unos porque ya habían agotado el depósito
y otras por el dolor de cabeza que les había dado el día, después de discutir a qué cabrón debían echarle
la culpa, decidieron intentar dormir.
Al día siguiente, de forma unánime, todos los vecinos pulsaron el interruptor que más estaba a la mano,
comprobando con fastidio que todo seguía igual, y luego de jurar que alguien pagaría por ello, comenzaron
el día muy desorientados. Había un funcionario en el ayuntamiento que hacia las veces de cronista de la villa. Gustaba de escribir por escribir sobre cualquier cosa, y al incorporarse a su cargo, se ofreció para recoger por escrito los incidentes diarios que se habían producido en el pueblo y que quedarían para la historia de la villa. Pensó este hombre que aquella ocasión se prestaba a su lucimiento como escritor, y como los ordenadores no funcionaban, tomó unos folios de papel en blanco, un bolígrafo, y se puso a escribir lo que sigue:
“En la villa de …. siendo las 6 horas de la tarde del 14 de enero de 1970, de forma sorpresiva, y por causas
aún desconocidas, se produjo una avería en la red eléctrica que ocasionó un corte de suministro.
El señor Alcalde convocó a las instancias implicadas para que procediera la reparación inmediata de la
avería. Por motivos ajenos a su diligente actuación, hoy 15 de enero, siendo las diez de la mañana, aún no se ha restablecido el suministro eléctrico. El señor Alcalde ha pedido de forma enérgica explicaciones y se espera una solución para las próximas horas. Se hace constar que el pueblo ha mantenido en todo momento la calma y no se han producido incidentes dignos de mención, dando así, una vez más, ejemplo de civismo que es justo resaltar.”
Pasó por allí el alcalde, y viendo tan atareado al funcionario, le preguntó qué estaba haciendo, a lo que éste
le respondió:
—Estoy escribiendo la crónica del suceso, señor Alcalde.
—¿No pondrás todo lo que ha sucedido? Las generaciones venideras dirían de nosotros que éramos unos
cafres, destructores, incendiarios y sodomitas.
—No, señor Alcalde, descuide, así no se escribe la historia de un pueblo. Cuando cosas así suceden, son
la consecuencia de la justa ira de sus habitantes, y no se han de reseñar, pues pasado el tiempo la demagogia
de los resentidos de turno intentaría interpretarlos torticeramente. Yo no le daré ese gusto.
—Muy bien, Benito, el nombre del pueblo está por encima de pequeñas contingencias. Sigue.
—Señor Alcalde, ¿le parece bien que mencione su actuación ejemplar?
—Claro, claro, no hay historia de un pueblo si no tiene un héroe abnegado detrás.
Publicado en la revista Estrellas Poéticas 48
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