Veo a grupos de viejos dando vueltas
en la Plaza de España.
A veces son tres viejos, doce, quince viejos.
Viejos, son viejos.
Dan vueltas alrededor del agua vacía de la fuente,
van agachados, a paso roto.
Algunos llevan las venas de las manos en los bolsillos.
No miran,
no se miran,
nadie mira.
Otros llevan las manos agarrotadas,
colgando de la espalda
encarcelados en sus pensamientos destrozados.
Los de más allá parecen hablar solos,
hablan solos,
nadie escucha a nadie.
Dan vueltas y vueltas toda la mañana,
entre el amanecer y la garganta profunda
que es tiniebla de sus cataratas.
Dan vueltas hora tras hora,
segundo a segundo,
empecinados.
Las cabezas agachadas,
los cuerpos inertes,
fríos.
Dan vueltas de cuarenta metros,
cincuenta metros,
cada vez.
Sin prisas.
Impávidos.
Son como la piedra de la muela del molino del juicio final.
No saludan, para qué, son viejos.
No gimen ni siquiera saben que se arrastran,
no les interesa saberlos,
no miran a los ojos de la gente
en qué piensan
no saben
qué mas da.
Agotan los segundos de la espera incansables y dan vueltas.
No ríen
no lloran
no gritan
no destrozan las piedras de los bancos
no mugen de furia
ni tiran bastones y muelas postizas a los charcos que son los otros.
Dan vueltas.
No sufren.
Para qué.
Son viejos, estorbos, rancios, su tiempo pasó es lo que dice cada vuelta a la fuente de la Plaza de España.
Son el mayor escaparate de despojos del mundo.
Son viejos.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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