TERCERA PARTE
De pronto sentí frío. Abrí los ojos y vi frente a mí un río que moría en el mar. Arrastrándome llegué la río y bebí sus aguas con avidez. Una vez saciada la sed me metí en el agua y sentí la vida recorrer de nuevo todo mi cuerpo. Río arriba las truchas daban saltos de alegría. En el mar una barca se movía entre las blancas olas. Había echado el ancla y esperaba que los peces se enredaran en la red. El pescador paciente esperaba sentado. Nadé hasta la barca. Al subir me encontré a mí mismo allí sentado. Yo era el pescador. Estaba ensartando anzuelos esperando que la red se llenase de peces para volver a puerto. Cuando terminé de ensartar anzuelos cogí un libro. Leyendo la espera se haría más llevadera.
A media tarde saqué de la capacha un trozo de pan, queso y una botella de vino de la tierra. Di un largo trago y después comí lentamente el pan y el queso. Llegó el momento de levantar la red. Sólo había en ella tres peces rojos que trataban de escapar, de perderse en las aguas. Los saqué de la red y los devolví al mar. Saltando los tres peces rojos se perdieron en el horizonte. Cogí los remos y me dirigí a la costa.
A medida que me acercaba las blancas casas del pueblo se agrandaron tras la muralla. En la torre del castillo ondeaba la bandera del duque.
JOSÉ LUIS RUBIO
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