Me levanté con los años ochenta taladrándome
la comisura de la lengua.
Mis bostezos quebrábanse colgados de una música
que vi morir.
Oculto tras las legañas de mi pueblo,
soñaba que el pelo de punta y quemado
no sería el pelo calvo de ahora,
ni los tobillos destrozados por las botas militares
serían tobillos.
Ni las sienes perforadas
sienes,
ni la cara de estafa,
de baja estofa.
Desterrado,
la vida sigue como hace ochenta años
en los años ochenta.
Años ochenta de la movida de oídas,
que masticó los caminos
y las patrias de tanto sublime reprimido.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
Efusivamente saludo al autor de este poema desde el placer que me produce su lectura.
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