Ahí estaba Namiah, frente a su futuro esposo, escondiendo la cara entre sus manos temblorosas y pálidas; disimulando el miedo y la repugnancia que le causaba ese ser que pronto la desposaría. Su padre había hecho un pacto irrompible con Fasto, el señor del todo, de entregar a su hija en matrimonio a cambio de que regresara el equilibrio en el planeta. Fasto tenia tanto poder, que había hecho la tierra prácticamente inhabitable y los pocos humanos que quedaban, se debatían entre el hambre, la sed y la falta de aire para respirar; se habían transformado en seres sombríos, oscos, ajados y cenicientos. Fasto había visto solo una vez a Namiah y se había prendado de su belleza, de su dulce figura casi esquelética y de su aroma a flor silvestre. Su apariencia no le impediría tenerla con él a su lado; la soñaba abrazada a su tronco inmóvil; prisionera entre sus virulentas raíces; prendida a su sabia babosa y purulenta; arrullada entre sus extremidades roñosas y vigilada todo el tiempo por los cientos de ojos de sus pétalos y hojas, y a cambio de tanta felicidad, resarciría el equilibrio robado a los humanos. La novia se acercó al tremendo árbol que la esperaba ansioso. Sus ramas la tocaron y la olisquearon y la fueron desnudando con violentos arrebatos; luego con pericia la fue envolviendo como caracol en un grueso caparazón de corteza y espinas y la hizo suya una y otra vez hasta que borro por completo cualquier rastro de mujer. La enredo en su tronco, y en sus huellas y Namiah quedo compenetrada con aquel ser que ya casi amaba. Empezó a ver por sus cientos de ojos; empezó a sentir por sus pies hechos raíces; y se lleno de tierra y viento y de agua y sal. Y entonces se convirtió en árbol como él, y se quedo abrazada para siempre a su talle, moribunda de sueños y esperanzas; viva, pero atada a un pedazo de tierra por toda la eternidad.
Carla Duarte (México)
Publicado en la revista digital Minatura 117
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Hace 5 horas
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