El cielo, que hoy miro, se ha tornado gris.
Los árboles, que me rodean, amarillean.
El campo, por donde paseo, se prepara
para recibir las nuevas semillas.
Todo está en suspenso, todo, esperando
que aparezcan las bienhechoras lluvias
y empapen los resecos surcos
alimentando las ocultas y profundas raíces.
Todos, bajo un cielo plomizo, están soñando,
deseando que la primera nube de tormenta
oculte el sol y haga reaparecer el verde.
Pero mis manos siguen secas, muy secas,
llenas de un polvo pegajoso y de desesperación.
No llega el agua vivificadora.
No veo la luz cegadora del rayo
ni oigo el rumor del trueno.
Todo pende de un delgado hilo
que en cualquier instante puede quebrarse.
Y cuando se rompa todo estará perdido,
no habrá posible reconstrucción.
Abre la mano. Muéstrame las rayas
que la divide, largas y entrecortadas.
Déjame que recorra esos caminos
y que los humedezca con el sudor
de mis dedos menudos y ajados.
Ya que no llueve al menos mi sudor
aliviará tu sed abrasadora y eterna.
No queda tiempo para la espera.
Está acabándose el tiempo
y no llega la lluvia que aliviaría
los postreros momentos de un alma otoñal.
Espérame, ahí, junto a esa pared renegrida
y ese árbol deshojado y seco.
Espérame, no te vayas, son sólo unos minutos,
los que necesito para romper el espejo,
para ver mis tres imágenes incompletas.
Espérame escondiendo tu mirada en el cielo
que pierde su azul entre las sombras
y así me acercaré sin que me veas.
Pero te faltó paciencia y te fuiste
y ahora bajo el árbol seco y deshojado
sigo esperando que el rayo ilumine
las sombras y el trueno rompa el silencio.
JOSÉ LUIS RUBIO
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