jueves, 7 de septiembre de 2017
LOS CUENTOS
La botella vacía. Un libro abierto. Unas hojas manuscritas sobre la mesa y un lápiz en el suelo. Eso vio al abrir la puerta. Al dar unos pasos en la habitación tumbado en el sofá estaba Aquiles. Olía fuertemente a alcohol. Cogió de la mesa los papeles escritos. Los leyó. Era un gran cuento. Tenía intriga, emoción y el lenguaje era de una gran belleza. Sería un éxito. Animaría a Aquiles a enviarlo a alguna editorial. Seguro que lo publicarían. No sería fácil convencerle. Él se negaba a mandar sus cuentos a ningún editor. Pensaba que no lo aceptarían. No le parecían interesantes sus escritos. Además casi todos los componía en estado de embriaguez. Así todo fluía con más facilidad. Sobrio apenas conseguía hilvanar tres frases seguidas. Pero en cuanto el alcohol se mezclaba con su sangre todo cambiaba. La historia manaba clara y veloz como el agua de un manantial serrano. En una noche de borrachera era capaz de escribir tres o cuatro cuentos. Todos llenos de misterio, de magia, de asesinatos, que a veces quedaban sin resolver. Hacía tiempo que le pedí que escribiera una novela. Se negó diciendo que la borrachera no le llegaba para algo tan largo. Solo eran unas horas de inspiración. Después se quedaba dormido.
Aquel día se guardó los cuentos en el bolso antes que Aquiles se despertarse y los tirara a la papelera. Así todos los días. A veces conseguía salvar algunos. Los guardaba en una carpeta para mandarlos a algún editor. Sabía que eran buenos. Eso, sí, tendría que hacerlo sin que Aquiles se enterase. Le faltaban unos diez para completar una colección de cincuenta, unas doscientas páginas.
En un mes, si la recogida no fallaba, el libro estaría preparado. Si lo publicaban le daría una sorpresa a Aquiles. Él se alegraría y perdonaría su atrevimiento.
JOSÉ LUIS RUBIO
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