martes, 7 de febrero de 2017

BRUJA


La vieja Agnes era una bruja, todos en el pueblo lo sabían y, como tal bruja, era visitada y consultada por todo el pueblo. No era querida, la verdad. Ni tampoco respetada. Pero sí que era, al menos, consentida y aceptada, aunque sólo fuera porque les era de cierta utilidad.
Entonces llegaron los problemas, esos que siempre llegan a un pueblo: sequía, animales enfermos, alguna muerte inesperada. Una serie de desdichas encadenadas que hicieron que, inmediatamente, la gente buscara culpables y no tardaron en decidir que esa culpable era Agnes.
Por eso estaban allí esa mañana fría y neblinosa, armados de horcas y antorchas, arrasando la destartalada cabaña de Agnes y sacando a rastras a la pobre vieja que, asustada y confusa, intentaba proteger su escuálido cuerpo.
En medio del alboroto, sólo había un punto de quietud: el gato de Agnes que, sentado, en el alféizar de la ventana, lo contemplaba todo con solemnidad de notario.
Agnes lo miró con ojos suplicantes.
El gato la miró a su vez sin perder su quietud.
Durante un segundo estuvo tentado de salvarla pero eso hubiera implicado descubrirse, cosa que no le parecía demasiado conveniente en aquel momento y lugar.
Había llegado el momento de buscar otra humana.
Mientras la turba preparaba la hoguera para Agnes, el gato negro se perdió en las sombras del bosque.

Dolo Espinosa —seud.— (España)
Publicado en la revista digital Minatura 154

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